Como saber si necesito un psicoanalista

como saber si necesito un psicoanalista

Las personas que padecen algún sufrimiento emocional o psicológico puede necesitar un psicoanalista que te ayudara a conocer y comprender mejor tus emociones, acciones y actitudes, desarrollar sus potenciales personales y conseguir aliviar sufrimientos emocionales. El psicoanalista hará mejorar las relaciones con los demás y a estar mas satisfechos con nuestra propia vida haciendo cambiar hábitos inadecuados para poder vivir mejor la realidad y ganar autonomía en su propia vida y ser mas autosuficiente emocionalmente. Continue reading

Funciones y técnicas del psicoanalista en Madrid.

Función y técnicas del psicoanalista

Las funciones y técnicas del psicoanalista es transmitir e investigar a través de hablar con el paciente. Analiza el inconsciente e intenta aflorar y ayudar a los pacientes de las sensaciones reprimidas del inconsciente.

Las primeras sesiones el psicoanalista hace entrevistas al paciente y hablan del hecho que les ha traído a la consulta para poder hacer un diagnóstico y preparar un plan de trabajo a realizar para poder superar sus problemas. Continue reading

Técnicas de psicoanalitica. 2ª parte

Técnicas de psicoanalitica.  Psicoanalista en Madrid

Pasemos ahora al otro lado de la relación. Puesto que la trasferencia reproduce el vínculo con
los padres, asume también su ambivalencia. Difícilmente se pueda evitar que la actitud positiva
hacia el analista se trueque de golpe un día en la negativa, hostil. También esta es de ordinario
una repetición del pasado. La obediencia al padre (si de este se trataba), el cortejamiento de
su favor, arraigaba en un deseo erótico dirigido a su persona. En algún momento esa demanda
esfuerza también para salir a la luz dentro de la trasferencia y reclama satisfacción. En la
situación analítica sólo puede tropezar con una denegación. Vínculos sexuales reales entre
paciente y analista están excluidos, y aun las modalidades más finas de la satisfacción, como
la preferencia, la intimidad, etc., son consentidas por el analista sólo mezquinamente. Tal
desaire es tomado como ocasión para aquella trasmudación; probablemente así ocurriera en la
infancia del enfermo.
Los resultados curativos producidos bajo el imperio de la trasferencia positiva están bajo
sospecha de ser de naturaleza sugestiva. Si la trasferencia negativa llega a prevalecer, serán
removidos como briznas por el viento. Uno repara, espantado, en que fueron vanos todo el
empeño y el trabajo anteriores. Y aun lo que se tenía derecho a considerar una ganancia
duradera para el paciente, su inteligencia del psicoanálisis, su fe en la eficacia de este, han
desaparecido de pronto. Se comporta como el niño que no posee juicio propio y cree a ciegas
a quien cuenta con su amor, nunca al extraño. Es evidente que el peligro de este estado
trasferencial consiste en que el paciente desconozca su naturaleza y lo considere como unas
nuevas vivencias objetivas, en vez de espejamientos del pasado. Si él (o ella) registra la fuerte
necesidad erótica que se esconde tras la trasferencia positiva, creerá haberse enamorado con
pasión; si la trasferencia sufre un súbito vuelco, se considerará afrentado y desdeñado, odiará
al analista como a su enemigo y estará pronto a resignar el análisis. En ambos casos extremos
habrá olvidado el pacto que aceptó al comienzo del tratamiento, se habrá vuelto inepto para
proseguir el trabajo en común. El analista tiene la tarea de arrancar al paciente en cada caso
de esa peligrosa ilusión, de mostrarle una y otra vez que es un espejismo del pasado lo que él
considera una nueva vida real-objetiva. Y a fin de que no caiga en un estado que lo vuelva
inaccesible a todo medio de prueba, uno procura que ni el enamoramiento ni la hostilidad
alcancen una altura extrema. Se lo consigue si desde temprano se lo prepara para tales
posibilidades y no se dejan pasar sus primeros indicios. Este cuidado en el manejo de la
trasferencia suele ser ricamente recompensado. Y si se logra, como las más de las veces
ocurre, adoctrinar al paciente sobre la real y efectiva naturaleza de los fenómenos
trasferenciales, se habrá despojado a su resistencia de un arma poderosa y mudado peligros
en ganancias, pues el paciente no olvida más lo que ha vivenciado dentro de las formas de la
trasferencia, y tiene para él una fuerza de convencimiento mayor que todo lo adquirido de otra
manera.
Es muy indeseable para nosotros que el paciente, fuera de la trasferencia, actúe en lugar de
recordar; la conducta ideal para nuestros fines sería que fuera del tratamiento él se comportara
de la manera más normal posible y exteriorizara sus reacciones anormales sólo dentro de la
trasferencia.
Nuestro camino para fortalecer al yo debilitado parte de la ampliación de su conocimiento de sí
mismo. Sabemos que esto no es todo, pero es el primer paso. La pérdida de ese saber importa
para el yo menoscabos de poder y de influjo, es el más palpable indicio de que está
constreñido y estorbado por los reclamos del ello y del superyó. De tal suerte, la primera pieza
de nuestro auxilio terapéutico es un trabajo intelectual y una exhortación al paciente para que
colabore en él. Sabemos que esta primera actividad debe facilitarnos el camino hacia otra
tarea, más difícil. Ni siquiera durante la introducción debemos perder de vista la parte dinámica
de esta última. En cuanto al material para nuestro trabajo, lo obtenemos de fuentes diversas: lo
que sus comunicaciones y asociaciones libres nos significan, lo que nos muestra en sus
trasferencias, lo que extraemos de la interpretación de sus sueños, lo que él deja traslucir por
sus operaciones fallidas. Todo ello nos ayuda a establecer unas construcciones sobre lo que le
ha sucedido en el pasado y olvidó, así como sobre lo que ahora sucede en su interior y él no
comprende. Y en esto, nunca omitimos mantener una diferenciación estricta entre nuestro
saber y su saber. Evitamos comunicarle enseguida lo que hemos colegido a menudo desde
muy temprano, o comunicarle todo cuanto creemos haber colegido. Meditamos con cuidado la
elección del momento en que hemos de hacerlo consabedor de una de nuestras
construcciones; aguardamos hasta que nos parezca oportuno hacerlo, lo cual no siempre es
fácil decidirlo. Como regla, posponemos el comunicar una construcción, dar el esclarecimiento,
hasta que él mismo se haya aproximado tanto a este que sólo le reste un paso, aunque este
paso es en verdad la síntesis decisiva. Si procediéramos de otro modo, si lo asaltáramos con
nuestras interpretaciones antes que él estuviera preparado, la comunicación sería infecunda o
bien provocaría un violento estallido de resistencia, que estorbaría la continuación del trabajo o
aun la haría peligrar. En cambio, si lo hemos preparado todo de manera correcta, a menudo
conseguimos que el paciente corrobore inmediatamente nuestra construcción y él mismo
recuerde el hecho íntimo o externo olvidado. Y mientras más coincida la construcción con los
detalles de lo olvidado, tanto más fácil será la aquiescencia del paciente. En tal caso, nuestro
saber sobre esta pieza ha devenido también su saber.
Con la mención de la resistencia hemos llegado a la segunda parte, la más importante, de
nuestra labor. Tenemos ya sabido que el yo se protege mediante unas contrainvestiduras de la
intrusión de elementos indeseados oriundos del ello inconciente y reprimido; que estas
contrainvestiduras permanezcan intactas es una condición para la función normal del yo. Ahora
bien, mientras más constreñido se sienta el yo, más convulsivamente se aferrará, por así decir
intimidado, a esas contrainvestiduras a fin de proteger lo que le resta frente a ulteriores
asaltos. Sucede que esa tendencia defensiva en modo alguno armoniza con los propósitos de
nuestro tratamiento. Nosotros, al contrario, queremos que el yo, tras cobrar osadía por la
seguridad de nuestra ayuda, arriesgue el ataque para reconquistar lo perdido. Y en este
empeño registramos la intensidad de esas contrainvestiduras como unas resistencias a nuestro
trabajo. El yo se amilana ante tales empresas, que parecen peligrosas y amenazan con un
displacer, y es preciso alentarlo y calmarlo de continuo para que no se nos rehuse. A esta
resistencia, que persiste durante todo el tratamiento y se renueva a cada nuevo tramo del
trabajo, la llamamos, no del todo correctamente, resistencia de represión. Como luego
averiguaremos, no es la única que nos aguarda. Es interesante que, en esta situación, la
formación de los bandos en cierta medida se invierta: el yo se revuelve contra nuestra
incitación, mientras que lo inconciente, de ordinario nuestro enemigo, nos presta auxilio, pues
tiene una natural «pulsión emergente» {«Auftrieb»}, nada le es más caro que adelantarse al
interior del yo y hasta la conciencia cruzando las fronteras que le son puestas. La lucha que se
traba si alcanzamos nuestro propósito y podemos mover al yo para que venza sus resistencias
se consuma bajo nuestra guía y con nuestro auxilio. Su desenlace es indiferente: ya sea que el
yo acepte tras nuevo examen una exigencia pulsional hasta entonces rechazada, o que vuelva
a desestimarla {verwerfen}, esta vez de manera definitiva, en cualquiera de ambos casos
queda eliminado un peligro duradero, ampliada la extensión del yo, y en lo sucesivo se torna
innecesario un costoso gasto.
Vencer las resistencias es la parte de nuestro trabajo que demanda el mayor tiempo y la
máxima pena. Pero también es recompensada, pues produce una ventajosa alteración del yo,
que se conserva independientemente del resultado de la trasferencia y se afirma en la vida. Y
simultáneamente hemos trabajado para eliminar aquella alteración del yo que se había
producido bajo el influjo de lo inconciente, pues toda vez que pudimos pesquisar dentro del yo
los retoños de aquello, señalamos su origen ¡legítimo e incitamos al yo a desestimarlos.
Recordemos que una precondición para nuestra operación terapéutica contractual era que esa
alteración del yo debida a la intrusión de elementos inconcientes no hubiera superado cierta
medida.
Mientras más progrese nuestro trabajo y a mayor profundidad se plasme nuestra intelección de
la vida anímica del neurótico, con nitidez tanto mayor se impondrán a nuestro saber otros dos
factores que reclaman la máxima atención como fuentes de la resistencia. El enfermo los
desconoce por completo a ambos, y no pudieron ser tomados en cuenta cuando concertamos
nuestro pacto; además, tampoco tienen por punto de partida el yo del paciente. Se los puede
reunir bajo el nombre común de «necesidad de estar enfermo o de padecer», pero son de
origen diverso, si bien de naturaleza afín en lo demás. El primero de estos dos factores es el
sentimiento de culpa o conciencia de culpa, como se lo llama, pese a que el enfermo no lo
registra ni lo discierne. Es, evidentemente, la contribución que presta a la resistencia un
superyó que ha devenido muy duro y cruel. El individuo no debe sanar, sino permanecer
enfermo, pues no merece nada mejor. Es cierto que esta resistencia no perturba nuestro
trabajo intelectual, pero sí lo vuelve ineficaz, y aun suele consentir que nosotros cancelemos
una forma del padecer neurótico pero está pronta a sustituirla enseguida por otra; llegado el
caso, por una enfermedad somática. Por otra parte, esta conciencia de culpa explica también
la curación o mejoría de neurosis graves en virtud de infortunios reales, que en ocasiones se
ha observado; en efecto, sólo importa que uno se sienta miserable, no interesa de qué modo.
Es muy asombrosa, pero también delatora, la resignación sin quejas con que tales personas
suelen sobrellevar su duro destino. Para defendernos de esta resistencia, estamos limitados a
hacerla conciente y al intento de desmontar poco a poco ese superyó hostil.
Menos fácil es demostrar la existencia de la otra, para combatir la cual nos vemos con una
particular deficiencia. Entre los neuróticos hay personas en quienes, a juzgar por todas sus
reacciones, la pulsión de autoconservación ha experimentado ni más ni menos que un
trastorno (Verkehrung}. Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos.
Quizá pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran realmente el
suicidio. Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión a
consecuencia de las cuales se han liberado cantidades hipertróficas de la pulsíón de
destrucción vuelta hacia adentro. Tales pacientes no pueden tolerar ser restablecidos por
nuestro tratamiento, lo contrarían por todos los medios. Pero, lo confesamos, este es un caso
que todavía no se ha conseguido esclarecer del todo.
Volvamos a echar ahora una ojeada panorámica sobre la situación en que hemos entrado con
nuestro intento de aportar auxilio al yo neurótico. Este yo no puede ya cumplir las tareas que el
mundo exterior, incluida la sociedad humana, le impone. No es dueño de todas sus
experiencias, buena parte de su tesoro mnémico le es escamoteado. Su actividad está inhibida
por unas rigurosas prohibiciones del superyó, su energía se consume en vanos intentos por
defenderse de las exigencias del ello, Además, por las continuas invasiones del ello, está
dañado en su organización, escindido en el interior de sí; no produce ya ninguna síntesis en
regla, está desgarrado por aspiraciones que se contrarían unas a otras, por conflictos no
tramitados, dudas no resueltas. Al comienzo hacemos participar a este yo debilitado del
paciente en un trabajo de interpretación puramente intelectual, que aspira a un llenado
provisional de las lagunas dentro de sus dominios anímicos; hacemos que se nos trasfiera la
autoridad de su superyó, lo alentamos a aceptar la lucha en torno de cada exigencia del ello y
a vencer las resistencias que así se producen. Y al mismo tiempo restablecemos el orden
dentro de su yo pesquisando contenidos y aspiraciones que penetran desde lo inconciente, y
despejando el terreno para la crítica por reconducción a su origen. En diversas funciones
servimos al paciente como autoridad y sustituto de los progenitores, como maestro y educador,
y habremos hecho lo mejor para él si, como analistas, elevamos los procesos psíquicos dentro
de su yo al nivel normal, mudamos en preconciente lo devenido inconciente y lo reprimido, y,
de ese modo, reintegramos al yo lo que le es propio. Por el lado del paciente, actúan con
eficacia en favor nuestro algunos factores ajustados a la ratio, como la necesidad de curarse
motivada en su padecer y el interés intelectual que hemos podido despertarle hacía las
doctrinas y revelaciones del psicoanálisis, pero, con fuerzas mucho más potentes, la
trasferencia positiva con que nos solicita. Por otra parte, pugnan contra nosotros la trasferencia
negativa, la resistencia de represión del yo (vale decir, su displacer de exponerse al difícil
trabajo que se le propone), el sentimiento de culpa oriundo de la relación con el superyó y la
necesidad de estar enfermo anclada en unas profundas alteraciones de su economía pulsional,
De la participación de estos dos últimos factores depende que tildemos de leve o grave a
nuestro caso. Independientes de estos, se pueden discernir algunos otros factores que
intervienen en sentido favorable o desfavorable. Una cierta inercia psíquica, una cierta
pesantez en el movimiento de la libido, que no quiere abandonar sus fijaciones, no puede
resultarnos bienvenida; la aptitud de la persona para la sublimación pulsional desempeña un
gran papel, lo mismo que su capacidad para elevarse sobre la vida pulsional grosera, y el
poder relativo de sus funciones intelectuales.
No nos desilusiona, sino que lo hallamos de todo punto concebible, arribar a la conclusión de
que el desenlace final de la lucha que hemos emprendido depende de relaciones cuantitativas,
del monto de energía que en el paciente podamos movilizar en favor nuestro, comparado con
la suma de energías de los poderes que ejercen su acción eficaz en contra. También aquí Dios
está de parte de los batallones más fuertes; es verdad que no siempre triunfamos, pero al
menos podemos discernir, la mayoría de las veces, por qué se nos negó la victoria. Quien haya
seguido nuestras puntualizaciones sólo por interés terapéutico acaso nos dé la espalda con
menosprecio tras esta confesión nuestra. Pero la terapia nos ocupa aquí únicamente en la
medida en que ella trabaja con medios psicológicos; por el momento no tenemos otros. Quizás
el futuro nos enseñe a influir en forma directa, por medio de sustancias químicas específicas,
sobre los volúmenes de energía y sus distribuciones dentro del aparato anímico. Puede que se
abran para la terapia otras insospechadas posibilidades; por ahora no poseemos nada mejor
que la técnica psicoanalítica, razón por la cual no se debería despreciarla a pesar de sus limitaciones.